Tío

Recuerdo que el día que fuimos a visitar al “Tío” –así lo llamaba mi papá– había sido por una cuestión de amistad. Mi papá, aunque es bastante sociable, en realidad no tiene muchos amigos. De vez en cuando forja lazos de amistad con un hombre con quien lo vemos compartir sus tardes y trabajos. Pasan meses o incluso años de forma inseparable y después este hombre se va. Y así se repite el ciclo cada tanto. Y es que a mi papá no le gusta acompañar sino ser acompañado. Entonces solo acepta como amigo a quien pase por el filtro el de ser un señor que deje ser llevado, que más bien sea acompañante. El Tío, para mi corta edad, parecía una persona muy mayor. Aunque viendo en perspectiva no rebasaba los sesenta años, quizá incluso tendría menos. Su pelo era cano, su estatura baja y su complexión media, con esa barriga que distingue a los señores cuando toman mucha cerveza. Una panza como de balón. Lo distingo entre mis recuerdos porque siempre traía sombrero de palma y camisa a cuadros.

Se dedicaba a la albañilería. Junto con mi papá, trabajaron en varias obras del norte de la ciudad. Construyeron casas, levantaron y tiraron muros, pusieron pisos de loseta, enyesaron paredes, remozaron baños y cocinas; pero sobre todo iban a la pulquería después del trabajo. Como a eso de las cinco o las seis de la tarde, se dirigían a la casa de la señora que vendía el pulque. Mi papá pedía un litro y él medio y una caña porque en realidad el Tío lo que tomaba era alcohol de caña, el pulque le causaba indigestión. Además, con esta bebida no lograba conseguir el estado de relajación, de niebla mental, de olvido, que necesitaba. 

Nunca he entendido porque el Tío era alcohólico. ¿Era una costumbre de la época que los hombres se emborracharan hasta perder la conciencia? Con mi papá era más o menos lo mismo. Tres o más litros de pulque eran suficientes para hacerlo llegar a un estado mental que desencadenaba emociones como ira, miedo, tristeza, amor, que sólo podían expresarse sinceramente bajo el influjo de aquellas sustancias. No sabemos por qué el Tío tomaba y por qué después del medio litro de pulque con caña y otra caña y otra, simplemente se quedaba sentado, escuchaba las conversaciones de los otros hombres y se sumía en el más absoluto silencio. 

Mi papá apreciaba tanto al Tío que hasta pensó en hacerlo padrino de la primera comunión de mi hermana. Algunas tardes incluso, por encargo de mi papá, iba a esperarla a la salida de la escuela y la llevaba con diligencia a la casa. A veces nos quedábamos solas mientras el Tío hacía un arreglo o levantaba un muro de ladrillos. Se dedicaba a lo que se tenía que dedicar. Llegaba muy temprano, llamando a mi padre con un silbido o tocando la ventana. Lo esperaba afuera para irse juntos a la obra en turno. Otras veces, se quedaban en la casa y  adelantaban algo de la construcción. Su jornada terminaba a las cinco de la tarde. Iban a la pulquería casi todos los días. Dos litros de pulque para uno y medio litro y una caña para el otro. Qué amargura ocultaba la caña, no lo sabíamos. 

Un fin de semana mis papás venían de hacer la compra del tianguis y al bajar la escalera que es la entrada a la colonia, encontraron al Tío sentado en la banqueta como llorando y delante suyo un charco de coágulos de sangre. Mi papá se alarmó y rápidamente lo llevaron a Urgencias. Ahí no se sabe qué le dijeron o qué pasó, porque entró solo al consultorio y más tarde lo llevaron a su casa casi dormido. Unos días después fuimos, en gesto de amistad, a donde vivía el Tío. La casa olía a caldo de pollo y sudor. Era una casa como casi todas las de por allí, como lo era también la nuestra, con algunos muros de tabique y otros de cartón, con techo de lámina negra sostenida por polines. En un solo cuarto cabía la cama, la mesa, la estufa y la tele encendida. Tío vivía ahí con su esposa, que para mí era una mujer anciana, por su pelo largo, trenzado y completamente cano. También vivía con ellos su nietecita de unos siete años, que llamaba “papá” al Tío. 

Mi mamá estuvo platicando con la esposa. Le dijo que Tío debía descansar mientras se recuperaba, que ya después regresaría al trabajo. Tío dijo que ya se sentía mejor. Mi hermana estuvo jugando unos minutos con la nietecita que no nos dijo su nombre. Si el señor falta qué pasará con esta niña, recuerdo que pensé. Estuvimos un rato más y después nos fuimos. Nunca volví a ver al Tío. Mi mamá estuvo platicando con la esposa. Le dijo que Tío debía descansar mientras se recuperaba, que ya después regresaría al trabajo. Tío dijo que ya se sentía mejor. Mi hermana estuvo jugando unos minutos con la nietecita que no nos dijo su nombre. Si el señor falta qué pasará con esta niña, recuerdo que pensé. Estuvimos un rato más y después nos fuimos. Nunca volví a ver al Tío. 

Imagen obtenida de internet: https://www.pinterest.com.mx/pin/530298924856422126/


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Un comentario en “Tío

  1. Me da mucho gusto leer sus aportaciones maestra, pienso que usted es como lo describe en el relato, es usted muy introvertida y desconfiada. Poco pero.muy poco me atrevía a platicar con usted, pero me dió.mucho Gus estar en su cátedra. Gracias

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